By Diego García for El Tiempo. Pepa, hipocorístico de Josefa, ha acompañado a mi madre desde su infancia. Su dulzura, infinito corazón y tierno tamaño andino, le valieron el diminutivo de Pepita, mote cariñoso y a la vez irónico si se piensa que lleva más de dos décadas dependiendo de una serie de medicamentos, muchos en píldoras o ‘pepas’, que le han permitido navegar y llevar con entereza y fortaleza, una enfermedad que hasta ahora no tiene cura. A mi madre la diagnosticaron con esclerosis múltiple hace veinticinco años; una enfermedad auto-inmune del sistema nervioso central que puede afectar la movilidad, los sistemas digestivo, respiratorio, visual, auditivo y que en ocasiones, como en su caso, se presenta con dolor. Se especula que las causas pueden ir desde la alimentación, pasando por un virus, hasta defectos genéticos. Hoy en día, si es detectada a tiempo, la esclerosis múltiple puede sobrellevarse retardando el deterioro físico.

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