By El Espectador. Silvia tiene 30 años y lleva la mitad de su vida entregada a la heroína. Vive en Cali, la ciudad colombiana que registra el mayor consumo de esta droga y donde los adictos se inician a más temprana edad.

“He llegado a tardarme hasta seis horas tratando de encontrarme una vena. Es muy duro cuando tengo el cólico, el desespero no me deja ni mover las piernas, mucho menos hablar”, dice a la AFP en un mísero cuarto en el barrio Sucre de Cali, mientras mueve una aguja en su brazo intentando meter la droga en su torrente sanguíneo.

Colombia, primer productor mundial de hoja de coca, también cultiva desde hace décadas la amapola, fuente de la heroína. Y en Cali, al oeste del país, es fácil conseguirla porque crece a pocos kilómetros.

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