By Tatiana Acevedo for El Espectador. Separados tajantemente de derechos y oportunidades. Desconectados físicamente de servicios como el de agua limpia y saneamiento básico. Una vez el movimiento contra el proyecto racista cosechó éxito, las comunidades segregadas quisieron entrar en el conjunto de derechos que cobijaba a los otros. Esto incluyó una serie de conexiones materiales: un enredo de tubos, canales, cables por el cielo y por la tierra. En su momento, agencias del Estado les exigieron a estas familias pagos por las nuevas conexiones, los medidores, el agua consumida. Barrios enteros salieron a protestar.

En cuestión de unos años, el debate se centró en una pregunta tramposa: ¿cuánta agua es necesaria para que estas familias sobrevivan? El Estado dará agua gratuita, pero solamente la necesaria. Un experto dijo que seis metros cúbicos mensuales. Otro dijo que tres. Otra que siete. Algunos argumentaron que la gente, por “su incultura”, desperdiciaba. Durante la discusión invitaron a mujeres a contar sus historias tristes, sus historias íntimas, corporales. ¿Cuántas veces, cómo y por cuánto tiempo va al baño? ¿Tiempo bajo la ducha? ¿Con qué mínimo de agua se puede cuidar a un ser querido que está enfermo?

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