By Juan Carlos Garzon for La Silla Vacía. Mientras Colombia tiene ante sí la posibilidad de terminar el conflicto con las FARC, de manera contradictoria el Estado está declarando nuevas guerras y abriendo frentes de batalla – identificando al crimen organizado como la nueva amenaza. La respuesta institucional a los problemas de seguridad y las economías ilegales sigue atrapada en el lenguaje y la lógica de la confrontación armada. Se requiere de una respuesta más inteligente y eficiente, que permita una relación distinta con los territorios.  

Mientras que Colombia avanza firmemente en el diálogo con las FARC, el Estado continúa declarando nueva guerras, identificando al crimen organizado como el nuevo enemigo. Nadie pone en duda que las múltiples economías criminales implicarán un grave riesgo para la etapa de posconflicto. La pregunta de fondo es si la receta bélica, en su sentido más clásico, es la respuesta más eficaz y propicia para un país que pretende dejar atrás una prolongada guerra, que ha implicado enormes costos y sacrificios.

En medio de la celebración de los 15 años del Plan Colombia – sí leyó bien, celebración – ha habido un intenso debate sobre sus resultados. Apelando a un argumento contra-factual, unos señalan que si no fuera por el Plan, el destino irremediable de Colombia hubiera sido el Estado Fallido. Habría que señalar a favor de esta postura que en el momento en que se acordó el Plan, el deterioro de la seguridad era evidente, con más de una decena de frentes de las FARC que estaban a menos de 150 kilómetros de Bogotá.

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