By Gabriel Conte for MDZ.  No es exagerado comparar el funcionamiento de las mafias del narcotráfico en el mundo, principalmente en Latinoamérica, su origen, con el de un Estado que se entromete, aplasta en unos casos, se infiltra en las instituciones fundamentales de muchos, en la prensa, la política, el comercio y por supuesto, hasta en el fútbol, el espectáculo y la vida social. Como el Estado Islámico lo hace con el petróleo en Asia, respondiendo a una lógica reactiva a la persecución de las grandes potencias, la ansiedad rotunda y sin freno por conseguir drogas de esas naciones poderosas han generado, por acción, omisión o reacción, estas redes imparables del crimen.

Por eso ganar o perder una elección política, cuando controlan el alma capaz de hacer mover a partidos y movimientos, organizaciones y corporaciones en uno u otro sentido, no es suficiente fuerza para combatirlas. Apenas, la libertad de votar funciona como un crucifico que espanta al gran vampiro, pero no logra que se esfume. Es más: si dejamos la imaginería de lado y ponemos los pies sobre la tierra, la comparación resultará más aterradora: ¿cómo exorcizar algo tan real? Cuando la mafia (o las mafias) consigue respaldos encadenados y les da sustento económico a los motores humanos de esa maquinaria, resulta muy difícil controlar su expansión.

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