By Omar García-Ponce for Horizontal. En temporada de lluvias las laderas y barrancas de la sierra de Guerrero se cubren de rojo. En esta región se produce aproximadamente 60% de la amapola del país, según datos de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA). El cultivo de maíz había sido históricamente la principal actividad económica en la sierra guerrerense, pero en años recientes la extracción de goma de opio se ha convertido en la base del ingreso familiar en estos poblados. De cada hectárea de amapola se extraen alrededor de 11 kilos de goma de opio, que eventualmente se transforman en unas 7 mil dosis de heroína, valuadas en no menos de 70 mil dólares en las calles de Nueva York.

Como en Guerrero, el cultivo de drogas ilícitas se ha extendido profusamente por las cadenas montañosas del noroeste y sur de México. Orillada por necesidad económica, o forzada por el crimen organizado, buena parte de la fuerza de trabajo rural se ha incorporado a la producción de drogas. Los pequeños agricultores –es decir: aquellos que cosechan poco más de lo necesario para el autoconsumo– han sido los más vulnerados. El caso de los maiceros merece especial atención: frente a los embates del mercado y las fluctuaciones en el precio del maíz, miles de campesinos han resuelto sembrar cultivos ilícitos mejor cotizados, como marihuana o amapola. Y esto no ha ocurrido sin la dosis de violencia que el mundo del narcotráfico trae consigo. El crimen organizado y la violencia se han adentrado en lo más profundo del campo mexicano.

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