By Catalina Pérez Correa. A pesar de la oscuridad y el frío de la madrugada, la puerta del Reclusorio Oriente bulle. A un costado de la fila de visitantes se pasean comerciantes que venden gelatinas, jugos embotellados o de naranjas recién exprimidas, fruta picada, dulces, cigarros y tarjetas de teléfono. Un hombre empuja un triciclo amarillo con dos cubetas de metal de las que sale vapor. “Tamales, tamales, atole calientito”, grita mientras avanza lentamente. En la banqueta de enfrente los techos de plástico rosa se iluminan con los faros de los carros que pasan. Debajo de los plásticos se ofrece toda clase de productos: ropa beige para los reclusos, ropa usada de colores “de los permitidos” para quien llegó vistiendo tonos prohibidos, bolsas “de las que sí entran”, recipientes de plástico, garrafones de agua, juguetes, libros, cajetillas de cigarros, etcétera. Uno de los puestos vende abarrotes generales: botellas de aceite para cocinar, papel de baño, pasta de dientes, rastrillos, bolsas de arroz y frijoles. Por encima de todo se escucha la voz de la señora que vende fichas para adelantar la fila: “¿Tiene turno? Le doy turno”.

Un hecho es de inmediato evidente entre la larga hilera de camisas rosas, rojas y naranjas que se forman al costado del centro penitenciario: casi todas son mujeres. Algunas llevan niños pequeños tomados de la mano, otras cargan a sus bebés en brazos mientras duermen sin percibir el caos a su alrededor. Casi todas llevaban grandes bolsas de tela “de las permitidas” con recipientes de plástico en los que guardan comida. Unas cargan garrafones de agua, ropa, cobijas o zapatos para sus internos. Todas comparten la cara de desvelo (o ¿será preocupación?). Las primerizas tienen frente a sí una experiencia cuesta arriba antes de lograr ver a sus maridos, hijos o hermanos. Las más experimentadas tienen mayores herramientas para enfrentar el cruce de la aduana del reclusorio.

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  1. Muy interesante trabajo en este ámbito. La perspectiva de las familias puede aportar mucho a la comprensión de los impactos de la prisión en las familias, la comunidad y la sociedad en general.

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