By César Castro Fagoaga for La Prensa Gráfica. En El Salvador tenemos tres tipos de narcos: los baby narcos, los escapa narcos y los casi narcos. Los primeros, que pertenecen al grupo más numeroso, recibieron ese nombre después de la investigación de un alto funcionario en seguridad que decidió que en El Salvador, dada la poca peligrosidad de los que se dedican a subir cocaína desde Suramérica, a diferencia del norte de México o San Pedro Sula, por ejemplo, era ridículo considerarlos carteles formales de droga, sino más bien baby carteles. Lo que nunca dijo es que estos querubines no necesitaban matarse entre ellos para perpetuar su negocio: la susceptibilidad a la corrupción de nuestros funcionarios, nada babies, ha permitido que nuestros baby narcos hayan sido y sean prósperos y despreocupados empresarios.

Los escapa narcos son como los lentes de carey, que estuvieron de moda hace algunos años y ahora han vuelto merced de los hipsters, si es que todavía existen. A diferencia del primer grupo, estos parecen ser verdaderos narcos, buscados medianamente en serio por la Policía, señalados por los gringos y con un prontuario semipúblico. El caso de Chepe Luna, en los noventa, es el más añejo que recuerdo. A don José Natividad Luna, pues los narcos con cierto estatus se ganan el prefijo don, la Policía le avisaba de los operativos en su contra con la suficiente antelación para simular que escapaba por cuenta propia. El hombre salía siempre bien librado, una suerte que desde hace algunos meses comparte “el Barney”, un pandillero de la MS que pese a haber caído con 6 kilos de cocaína hace algunos años y estar en numerosas ocasiones en tribunales, a la vista de jueces, fiscales y policías, aún pasea con libertad por El Salvador o donde quiera que hoy sea su residencia de prófugo. “El Barney”, que ya no parece el dinosaurio morado porque perdió peso, se llama Moris Bercián Machón y antes de escaparse, por un extremo aburrimiento será, se dio el lujo de dejar plantados a jueces y fiscales media docena de veces. Los fiscales esperaron hasta la décima audiencia, cuando vieron que el tigre no llegaba y que la hora del almuerzo era inminente, para determinar que a lo mejor “el Barney” no se presentaría. Hasta entonces decretaron la orden de captura: un año y nueve audiencias después de iniciado el proceso penal en su contra.

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