By Paulina Angarita for El Tiempo. Hace ocho meses, Luis Alberto Gutiérrez, un vallecaucano de 38 años, se despertó en el hogar Samaritanos de la Calle en Cali malherido y con la clavícula fracturada. Se había lanzado a un carro en plena crisis por conseguir una dosis de heroína.

La misma droga que, cuenta, dos españoles le inyectaron cuando tenía 15 años y deambulaba por las calles de la capital del Valle, a donde llegó desplazado de la violencia en el municipio de Roldanillo.

“Les conseguía las dosis de cocaína o heroína. En una de esas me llevaron a una rumba por la sexta y me dijeron que si quería probar. Yo ya consumía marihuana y bazuco, y aunque primero les dije que sí, ya luego no quise. Pero me cogieron y me hicieron la maldad”, recuerda. Y continúa: “Me inyectaron en un brazo, quedé como un bobo tirado en el piso y, lo peor, enamorado de la heroína. Ahí comenzó mi karma en la drogadicción”.

La adicción de este hombre –que logró superarla gracias a un tratamiento con metadona liderado por la Gobernación del Valle del Cauca, la Fundación Fundar y el Ministerio de Justicia– no la considera un caso aislado el Gobierno, sino que refleja una realidad creciente que ha sido alertada en distintos estudios por la ONU y la OEA.

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